Acerca de estos delirios

Acá voy a escribir lo que quiero y en la medida en que tenga ganas... No crean que es el blog de García Márquez o de un ganador del Pulitzer; simplemente son cosas que se le ocurren a alguien a quien le gusta compartir. Al que le guste que lea, y al que no, no importa. Nadie se va a morir por no hacerlo... Después de todo lo mío es la radio che!!!
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jueves, 12 de marzo de 2009

Qué pena la del mar

¡Qué pena la del mar! ¡Si señor! Aunque el mar no hable, aunque no lo exprese de ninguna manera, el mar tiene una pena. Una pena larga y eterna desde el momento mismo de su nacimiento. Desde aquel instante preciso, en que en el tercer día de la Creación Dios dijo: “Que se reúnan en un solo lugar las aguas que están bajo el cielo, y que aparezca el suelo firme. Y así sucedió. Dios llamó Tierra al suelo firme, y Mar al conjunto de las aguas”. Desde aquella imagen genésica, el mar tiene una pena…

El mar tiene pena porque ama el fluir, el ir y venir, el estar y el no estar, el ser y ya no ser. El es y está siempre allí, en el mismo sitio. Tiene vida pero no tiene vida… Los peces y las plantas tienen vida en su seno pero no él, que no puede decidir a dónde ir. Da vida pero no vive a su antojo. La decisión divina lo confinó hasta el fin de su existencia a ser una masa gigantesca de agua y sal que permanece donde no quiere estar. Una inmensidad de diminutas gotas de H2O y sal contenida por las costas de los países. Cuando el mar sale de paseo, luego de mucho andar haciendo olas, llega a extrañas playas, acantilados o lo que sea, pero no mucho más lejos que eso. Le guste o no le guste, está encerrado entre cuatro paredes imaginarias. Tal vez con suerte encuentre un golfo, un fiordo o un estuario, como para adentrarse y curiosear un poco más en busca de nuevas aventuras. Pero pronto, con ganas o sien ellas, el mar volverá a su seno. Volverá a ser mar. Cada tantas horas se retirará un poco de la orilla para luego volver. Hasta allí su diversión. El mar no puede ir donde quiera, por eso el mar esta triste y tiene una pena.

Quisiera ser como sus parientes, los ríos, esos ríos que van y vienen por el planeta todo. Ellos sí que son libres. ¡Cómo los envidia! Nacen en un lugar y mueren en otro. A veces recorren pocos kilómetros y otras… ¡ahhh otras cómo viajan! Ahí lo tienen al Nilo, con sus casi 7 mil kilómetros, que es tan largo y majestuoso que nadie sabe a ciencia cierta dónde nace. A su paso fertiliza los campos africanos y lleva vida en su simiente. Y qué me dicen del Volga con sus famosos barqueros… El Amazonas que se interna en la selva inexplorada ofreciendo a los aventureros el sabor único de lo desconocido. Y el Danubio, y el Rhin, y El Mississippi, y el Río de la Plata, que con sus hermanos Uruguay y Paraná trae vida desde la América profunda y hasta se da el gusto de visitar al Mar en las costas de Buenos Aires... ¡Si no fuera por su primo que no tiene nada de plateado, qué solo estaría el Mar! ¡El Tévere si que tiene historia! ¿Cuántas veces Julio César, Marco Aurelio o Trajano se habrán bañado en sus aguas, haciéndolo, para bien o para mal, testigo de sus secretos. ¿Acaso no habrá calmado la sed del pobre Pablo, cuando despreciado y perseguido por los romanos, llevaba sin descanso la palabra de Jesús, por las calles de la capital del Antiguo Imperio? Llega del Norte, cruza por el centro de la ciudad y luego parte en busca del Tirreno, dejando como recuerdo a la pequeña Isla Tiberina. Tan insignificante que parece y sin embargo, el imperio más grande de la historia bebió de sus aguas. Hay ríos majestuosos y otros que apenas tienen unos pocos metros de ancho. ¡Pero todos son libres! El Mina Clavero y el Panaholma luego de su cópula escandalosa dan vida al Río de los Sauces y ahí siguen, como si nada….
Así son los ríos, vida pura. Tienen vida y dan vida. Vida a la vida que llevan en su vientre, y vida a los pescadores que con él se ganan la vida. Todo es vida. Ellos sí que son felices.

En cambio el mar… el pobre y viejo mar, no sale de su inmenso cubículo por más que quiera. NO es libre para decidir. NO puede salir de acá para llegar allá, pasando por aquel lugar tan lindo… Es cierto que da vida a los peces que lo pueblan, pero también da muerte y eso es muy triste. Allí tienen a los pescadores del Andrea Gail por ejemplo, y están los pobres marineros del Kursk en las heladas aguas del Mar de Barents. ¿Cómo olvidar a los inocentes del Titanic y a los miles de marineros y piratas hundidos junto a sus galeones, carabelas, goletas y bergantines. Son muchas muertes las que pesan sobre él y no es fácil soportarlo. Por eso el mar tiene cada vez más dobladas sus imaginarias espaldas; el peso de tanta destrucción es enorme. Pero así es su vida y no puede escapar ni a su cárcel geográfica ni a su destino.
Así será por siempre y para siempre.
Por eso el mar tiene una pena en el alma de los mares.

martes, 23 de septiembre de 2008

La insoportable lentitud de los supermercados

Recuerdo cuando era chico y vivía en Villa María. Mi mamá me sabía llevar a hacer las compras al almacén de Don Santi, en la esquina de San Martín y Santiago del Estero. Era un hombre simpático, elegante, alto y muy delgado, y su señora, Doña Manuela, la antítesis por excelencia: bajita, gorda, encorvada y medio chueca. ¡¡¡Pero que buena gente!!!. Era en tiempos en los que yo iba y le decía “Don Santi, dice mi mamá que me de un kilo de azúcar, un paquete de arroz y 200 gramos de mortadela”. Él anotaba todo en la libreta del almacenero y a fin de mes sumaba y se pagaba sin chistar. Si uno tenía dudas, se llevaba la libreta a casa y sumaba por su cuenta. Pero esos tiempos han cambiado y la modernidad nos trajo de regalo los hermosos y maravillosos supermercados, que nos han solucionado todos los problemas.... Hmmmm dijo la muda.

No debe haber tarea más exasperante, al menos en Argentina, que ir a comprar a un supermercado. Ni que hablar si se trata de un fin de semana, o si es día de descuentos especiales. Lo que debería ser una cuestión de comodidad y por qué no hasta un entretenimiento, termina siendo por lo general, una verdadera tortura. Digamos que uno llega y comienza a realizar las compras. Muchas veces se encuentra con amigos, se tienta y se da algún gusto, y compra de un saque lo que necesita para toda la semana. Hasta ahí vamos bien. El calvario comienza en el momento de a acercarse a la línea de cajas para pagar.

Cuando viví un tiempo en Chile por razones de estudio, yo era el encargado de hacer las compras para los cinco changos que compartíamos un departamento en Santiago. Iba al supermercado con la lista, cargaba el carrito, enfilaba para la caja y al ratito estaba en la vereda con las bolsas, cargado como un Equeko. Sin embargo en este país, desgraciadamente no pasa lo mismo. Por lo general, en supermercados como Disco o el pedorrísimo Super Vea que detesto (son los que tengo cerca de mi casa) hay unas diez o doce cajas, de las cuales normalmente sólo funcionan cinco o seis. De estas, una seguro que es para el pago de impuestos y servicios, lo que lentifica el avance de la cola hasta límites insospechados. Pero no veamos todo tan negativamente; supongamos que son varias más las cajas que atienden. La solución parece llegar a fin...

Pues no. Aquí surgen nuevos y frecuentes inconvenientes. Una vez descargado todo el contenido del carrito de compras en la cinta transportadora de la caja, descubrimos que ésta no funciona y él o la cajera, tiene que acarrearlas manualmente para poder cobrarlas. A veces nosotros colaboramos, pero ya comienza la demora. Ahora sí, sólo es cuestión de pasarlas por el scanner ¡y listo! ¿Sí? ¡Magoya las va a pasar con facilidad!! porque resulta que ahora lo que no funciona adecuadamente es el lector láser de la máquina. En consecuencia, el pobre cajero/a tiene que teclear manualmente el código del producto, como si hiciera cuentas en su calculadora, y aquí es el momento de encontrarse con la nueva sorpresa: el precio del producto no coincide con el visto en góndola. Práctica habitual de muchos supermercados argentinos, es esta del cambio de precios. Por lo general ponen, “un suponer” como decía La Chona, una lata de atún en aceite de oliva sin precio, y al lado el más ordinarios de los atunes desmenuzados (sólo Dios y la Santísima Virgen saben lo hay dentro de esa latita) a la tercera parte del primero, con el cartelito indicativo confusamente colocado. Uno en el apuro, ve el artículo, le parece barato y lo carga en el changuito hasta que se da cuenta de la “confusión-estafa”. Ante el reclamo, el cajero/a llama a un colaborador para que vaya a corroborar el asunto. A todo esto, la cola es cada vez más larga y la gente comienza a mirarnos, muy razonablemente, con un cierto rictus de odio en la carota. Después de esperar la comprobación de precio, nos dicen que efectivamente ha sido error de la casa o bien que nosotros no nos percatamos de que ese valor era para tal producto, que tiene 30 gramos menos que el otro. Solucionado de alguna manera el diferendo, pero aún con toda la bronca del mundo, sacamos la tarjeta de crédito para pagar y... ¡oh sorpresa!! No anda bien el sistema y se demora la autorización. Cuando por fin tenemos el ticket en la mano, cargamos las bolsas en el changuito y salimos rumbo al auto mascullando toda la bronca del mundo.

A veces somos nosotros los que estamos inmediatamente detrás, tan sólo con una botella de cerveza en la mano que al momento de sacarla de la heladera estaba a punto, y ahora comienza a entibiarse. Convencidos de que nuestro trámite será mucho más rápido y sencillo que el del pobre tipo anterior, ponemos la botella al lado del cajero como diciendo “yo te la alcanzo porque sé que la cinta no anda; apurate por favor que se me calienta la cerveza”. En ese preciso instante, el cajero/a nos dice con su más amble sonrisa: “disculpe, tengo que hacer retiro de caja”. Y ahí nomás comienza a llamar a los gritos a la responsable de tal menester: ¡Andrea, Andrea.... Retiro!!! Y resulta que Andrea está en la caja ocho haciendo otro retiro, después va hasta la caja uno para llevarle un poco de cambio, ahora retira de la caja once, soluciona un problema de tarjeta de débito en la caja cuatro, una señora se queja no sé de qué carajo en la caja nueve, la cajera de la seis le pide monedas, vuelve a la dos porque hay una devolución y por fon llega a la caja doce donde estamos nosotros. Sí justo en la última, porque era la que avanzaba más rápido. Cuando por fin se cierra el cajoncito de la plata y pasan nuestra “única” botella por el famoso scanner, la cajera nos dice: “tiene el ticket de la botella”. Se lo damos, lo mira, y ahí nos percatamos de que necesita la tarjeta de autorización que tiene Andrea.... y otra vez la misma historia ¡Andrea, Andrea.... Vale de botella!!! Andrea, está en el baño porque con tantas ideas y venidas le agarró flor de cagadera. Una hermosa y tierna viejita que está en la caja de al lado nos dice al vernos a punto de reventar la camisa como El Increíble Hulk: “Mijito, pase por acá que usted tiene una sola cosa”. Cambiamos de cola, pagamos la cerveza de mierda, damos las gracias como corresponde a la venerable abuela y salimos puteando contra el supermercado, la Cristina Kirchher que justo esta vez no tuvo nada que ver y no dejamos un santo en pie. Llegamos a casa , pelamos un salamín, destapamos la Budweiser, la servimos en el vaso y... ¡parece meada de camello, en medio del Sahara a las 2 de la tarde...!

¡¡¡Vuelva don Santi!, donde quiera que esté!!!!!