Acerca de estos delirios

Acá voy a escribir lo que quiero y en la medida en que tenga ganas... No crean que es el blog de García Márquez o de un ganador del Pulitzer; simplemente son cosas que se le ocurren a alguien a quien le gusta compartir. Al que le guste que lea, y al que no, no importa. Nadie se va a morir por no hacerlo... Después de todo lo mío es la radio che!!!

domingo, 20 de marzo de 2011

Adiós hermano querido


Gracias Negro querido por tantos años de amistad. Gracias compartir mi casa y la amistad de los tuyos y los míos. Gracias por darme esa mano cuando la necesité en los últimos años. Espero que le estés cantando a la vieja y al loco, que tanto te querían. Descansa en paz.

lunes, 14 de marzo de 2011

La conducta japonesa

Desdé que llegó la noticia del terremoto de Japón, no he dejado de darme la vuelta por diarios de todo el mundo varias veces por día. Hoy encontré un interesante artículo en el diario El Mundo, de España, que me llamó la atención y me hizo pensar en la diferencia cultural que hay entre "aquel" y "este mundo". Transcribo sólo una parte del artículo, que escribiera un científico español, que por cuestiones de trabajo está radicado en Sendai y quería tomar un colectivo hacia Niigata.


"Esta mañana, cuando vi salir los únicos cuatro autobuses que partían desde Sendai hacia Niigata, casi me vengo abajo. No había suficiente combustible y no podían salir más. Hoy no y mañana no se sabe (a estas alturas he entendido que a los japoneses no se les da bien hacer cálculos). Estaba al principio de la cola en lista de espera. Cuando los autobuses iban a partir no pude evitar acercarme al jefe de la operación y preguntarle: "¿No podríamos ir algunos más sentados en el pasillo?" Me contestó educadamente: "No es legal". Volví a la cola doblemente triste por haber hecho esa pregunta y por quedarme en Sendai. Porque ya había decidido irme, escapar. "


La frase resalta en negrita, creo que dice todo. En medio del caos, era primordial mantener la legalidad. ¿Será por eso que se recuperaron de las dos bombas atómicas criminales de 1945? Si el fantasma de las explosiones en las usinas nucleares los deja, estoy seguro de que se levantarán una vez más.

domingo, 27 de febrero de 2011

Por ahora no pienso escribir nada

Che, qué barbaridad!!! Hace casi un año que no escribo. La verdad, es que estoy tremendamente desmotivado para escribir lo que sea. Todas son pálidas. Y buehhh... Otra vez será.

jueves, 6 de mayo de 2010

Treinta y un años sin El Zorro

Fue la primera vez que me tocó dar una noticia triste en mi vida de periodista. No lo recuerdo con precisión pero me atrevo a decir que fue el sábado 6 de mayo de 1989. Yo trabajaba como locutor de turno en LV 28 Radio Villa María. Todavía me recuerdo entrado a la sala de locución con un cable que acababa de llegar a la teletipo. Él, mi ídolo de siempre, el ídolo de millones de grandes y chicos alrededor del mundo, había fallecido. Se llamaba Armando Catalano, hijo de inmigrantes italianos; por eso el nombre latino a pesar de haber nacido en Nueva York. Claro que luego lo cambió por aquel conque se haría famoso: Guy Williams.

Durante años, la hora era esperada ansiosamente y más teniendo en cuenta que en aquel entonces apenas si veíamos uno o dos canales de aire, en el viejo televisor Liankalos, en blanco y negro. Todo se dejaba para más tarde cuando El Zorro hacía su aparición en la pantalla montando su brioso caballo Tornado. Don Diego de la Vega era aquel tímido joven, galante, romántico y soñador, que en el más absoluto secreto se convertía en el héroe enmascarado amado por los pobres, a los que defendía de las injusticias del gobernante de turno. Con su fiel amigo Bernardo, al que todos creían sordo, recorría las calles del pueblo sin despertar sospecha alguna, para desenmascarar a los corruptos que siempre tenían el mismo objetivo: apoderarse de los tesoros para fines personales. Por lo general tenía por cómplice involuntario a uno de sus mejores amigos y a la vez implacable perseguidor: el bonachón incompetente del Sargento García. Su nombre era Henry Calvin, actor y gran cantante tenor. Con su torpeza a más no poder y su bondad era “el malo” preferido de los chicos; si hasta creo que muchas veces queríamos que de una vez por todas pudiera atrapar al enmascarado. Semejante bonhomía debía ser recompensada alguna vez después de todo.

Los setenta y tantos capítulos se repetían incesantemente una y otra voz como sigue ocurriendo en nuestros días. Sin embargo, no nos cansábamos de verlos aunque los conociéramos de memoria. La emoción se apoderaba de todos nosotros cada vez que cambiaba su guitarra romántica por la espada, a la que Guy dominaba a la perfección en la vida real. Sus permanentes combates eran recreados una y otra vez por los pibes de la época que elegíamos como disfraz preferido, precisamente el de El Zorro. Había Zorros de todas las categorías. Algunos con trajes impecables; otros sólo con la capa; yo tenía un a cuadritos rojos y blancos, más merecedora de ser un mantel de mesa que una capa, pero al fin y al cabo yo también era El Zorro y nadie dudaba de eso. Teníamos nuestras espadas de madera con las que imitábamos las destrezas del justiciero y los duelos se repetían por todo el barrio. Yo entonces vivía en los monoblocks de Villa María, frente al balneario, y mi zona de juegos era la calle Pringles, de barrio Parque. Allí vivía mi amigo Carlitos Juan, y estaban sus hermanos Mario y Ricardo, y Nelson cuyo apellido no recuerdo y muchos más. Las “espadeadas” se repetían a lo largo de la cuadra y más de una vez las peleas eran entre dos Zorros, ya que nadie quería ser el Sargento García, el Capitán Monasterio, El Águila, o el Cabo Reyes.

Pasaron más de treinta años de aquellos días y El Zorro sigue siendo mi personaje favorito. Guy Williams fue después el Profesor Robinson de Perdidos en el Espacio, y un sobrino de Ben Cartwright en Bonanza. Sin embargo, para nosotros siempre sería El Zorro.

Aquel día de mayo en que tuve que dar la noticia por radio, fue una jornada muy triste para mí. Su cuerpo había sido hallado en estado de descomposición, ya que la muerte lo había sorprendido días antes cuando se encontraba solo en su departamento. Se había enamorado de nuestro país y en Buenos Aires, donde estaba radicado, lo halló la muerte. A los pibes argentinos no había hecho su último regalo; sentirse tan nuestro como Boca, Maradona y el Capitán Piluso.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Pupín


Tengo la costumbre, creo que la sana costumbre, de salir siempre con un libro bajo el brazo cuando debo cumplimentar algún trámite. Es el remedio eficaz para combatir el tedio en la cola del banco; cuando hay que esperar el turno en algún organismo público; a la hora de pagar los impuestos en los primeros días del mes, o simplemente para aguardar pacientemente en la parada del colectivo.
Hace unos días me encontraba en el consultorio de mi odontólogo por causa de una muela que se había roto. Llevaba en esta oportunidad un libro de Vinicius de Moraes. Es un libro pequeño, de esos ideales para las esperas, con historias que no tienen más de dos hojas en el peor de los casos. Digo que es un libro ideal porque de esta manera uno puede leer algo y terminarlo en el momento, sin necesidad de tener que repasar las últimas páginas cada vez que se retoma su lectura. Uno o dos escritos por vez, y el libro descansa hasta la próxima.
En esos menesteres me hallaba cuando de repente, tal vez por la nacionalidad del autor, me acordé de mi viejo amigo Pupín. Su nombre completo es Dercilio Aristeu Pupín, pero para todo el mundo es simplemente Pupín, de Americana, ciudad cercana a Campinas, en el estado de Sao Paulo.
Hacía un día que había llegado yo a Santiago de Chile, a principio de los noventa. Con Rosario Vargas, Corina Vecchioli, Felicitas Burgueño y el padre Amando Espinosa, habíamos llegado becados por el CELAM para realizar un curso en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica de Santiago. Para muchos era el primer viaje al exterior, y, desorganizado como suelen ser estas cosas, nos hallábamos un tanto desconcertados. En mi caso un poco más, ya que las mujeres se habían alojado todas juntas; Armando estaba en una parroquia y yo era el único que había quedado completamente solo en un pequeño, viejo, helado, húmedo y poco acogedor departamento de Providencia. Se trata de un barrio coqueto si los hay, aunque el departamento de Tomás Ryder 910 era la excepción que confirma la regla. Esa tarde me hallaba pensando en los cuatro meses que aún tenía por delante, cuando Gloria, la dueña del lugar, me lo presentó. Acababa de llegar del aeropuerto. Todavía lo recuerdo parado frente a mí. Delgado, alto, con el pelo ensortijado y una sonrisa generosa, estirando su mano derecha mientras la izquierda aún sostenía su valija y presentándose: hola, soy Pupín.
Acto seguido me dijo tres cosas. Que era brasilero; que no me preocupara por el idioma y que le hablara normalmente porque él quería aprender el castellano, y que ese día cumplía los años. Era el 29 de julio de 1992.
No recuerdo con qué habremos celebrado tan importante acontecimiento, pero dudo de que haya sido con algo más que un café con galletitas, o unas salchichas de Viena con arroz como todo manjar cumpleañero. Sí sé que su alegría por celebrar con alguien era grande.
Pronto nos hicimos amigos y si bien al día siguiente llegaron Juan Soto de Coyhaique e Iván Uriona de Bolivia, con quienes conformamos un maravilloso cuarteto, aquel día de ventaja acrecentaría sin dudas nuestra amistad.

Pupín es un tipo afable, generoso, solidario, con la sonrisa a flor de labios en todo momento. En fin, uno de esos personajes imposible de no querer. Han pasado muchos años y la memoria se niega a devolverme muchos recuerdos de aquellos días felices. Busco y busco en el disco rígido de mi cerebro y no son demasiadas las imágenes nítidas que vienen a mí. Entre esas pocas que alcanzo a rescatar, lo recuerdo tirándose en trineo con Polar Teijeiro, en Farellones, y su emoción inmensa por tocar por primera vez la nieve. Poco acostumbrado al frío, ni siquiera tenía campera por lo que su primera tarea en suelo chileno fue comprar una, para lo cual lo acompañé a la feria persa de la Estación Central. Lo recuerdo también permanentemente contando chistes en su portuñol mal hablado, que daba más gracia que sus “píadas”. Hablaba siempre de su escuela salesiana en donde había estudiado, de los videos sociales que hacía para cumpleaños y casamientos, de su Fusca al que tanto extrañaba y de su preocupación por lo social. Juntos estudiábamos, salíamos de paseo, intercambiábamos opiniones sobre las mujeres del grupo, y salíamos a correr y hacer actividad física muy de vez en cuando. Creo que él era de los que por entonces practicaba, pero mi mal ejemplo pronto pudo más… Interminables eran las caminatas por la Costanera, entre las esculturas del Parque Forestal, cada vez que alguno de los dos estaba mal de ánimo; hoy por ti y mañana por mí. Angustias mías por cuestiones de índole familiar, o mal de amores de su parte, eran motivo suficiente para que emprendiéramos una de esas famosas caminatas. Daba gracia porque la preocupación de uno por el otro era genuina y los consejos sinceros, y a la semana siguiente todo se invertía exactamente. Las palabras volvían como un boomerang, y sólo nos teníamos uno al otro.
Así fueron pasando los meses con momentos lindos y otros no tanto; posiblemente sin grandes resultados académicos pero sí con una experiencia de vida que, creo, a todos nos ha marcado profunda y definitivamente.
El amor no podía estar ausente en un grupo en el que casi veinte hombres y mujeres compartían la mayor parte de las horas del día. Él tuvo mejor suerte que yo. O mayor decisión… o tiempo… Cuando la cosa comenzaba a encaminarse, circunstancias personales me obligaron a regresar a mi casa antes de lo previsto, dejando para siempre la duda de qué hubiera pasado con ella…
Pero para Pupín fue distinto. De entrada había puesto sus ojos en la correntina. Ahora, mientras escribo esto en mi cama a altas horas de la noche, escuchando un CD de Dvorak, recuerdo algo que durante casi veinte años había quedado guardado en algún compartimiento de mi cerebro sin salir, y que lo pinta de cuerpo entero. Como nobleza es lo que le sobra, pensó que yo estaba interesado en Alejandra Alcalá y, como buen amigo, me dejó el camino libre mientras él buscaba otros consuelos… Lo cierto es que con Alejandra habíamos iniciado una pequeña relación amistosa antes del viaje y a su llegada a Chile, un par de días después que el resto del grupo, yo era el único a quien conocía. Por esa razón, en los primeros tiempo estábamos siempre juntos y compartíamos muchos momentos.
El tiempo pasó, se pusieron de novios y la cosa siguió firme una vez que el grupo se disolvió y cada uno volvió a su país. Hace quince años que son un feliz matrimonio. Tuve suerte de compartir unos días con ellos en Brasil, algunos años más tarde. Sé que hoy es un productor agrícola y que junto con su esposa tienen dos niños y una huerta ecológica.
A la distancia lo recuerdo siempre delgado, alto, con el pelo ensortijado y una sonrisa generosa, estirando su mano derecha mientas la izquierda aún sostenía su valija y presentándose: hola, soy Pupín. Hace poco, un diario en Internet, me regaló una fotografía actual entre sus cultivos, con diecisiete años más, un sombrero de paja y aquella sonrisa intacta.

viernes, 23 de octubre de 2009

Ojos cansados

Tengo los ojos cansados de ver tanta miseria;
de la material y de la otra,
la peor, la que no tiene cura ni esperanza:
¡¡¡La del alma…!!!
Tengo los ojos cansados de ver niños hambrientos,
de caras sucias y porvenir incierto.
De padres desocupados y doloridos
por no llevar un plato de comida a la mesa familiar.
De madres desesperadas y abatidas por la impotencia.
Tengo los ojos llorosos de ver mendigos
renunciando, obligados por las circunstancias infames,
a su dignidad por un pedazo de pan.
Tengo los ojos llorosos de ver hombres honestos
que rifan su hombría de bien con un arma,
buscando el sustento familiar.
Tengo los cansados de ver ancianos abandonados,
olvidados en algún depósito de viejos
después de una vida de trabajo, entrega,
sacrificio y amor…
Tengo los ojos cansados de ver a los jubilados
muriéndose de frío en las heladas mañanas del invierno,
para cobrar dos pesos con cincuenta,
como único pago por haber hecho grande al país.
Tengo los ojos cansados de ver a nuestros hermanos tobas
abandonados a la buena de Dios en medio de la indigencia;
a nuestro Norte sufriendo sequías, inundaciones, miserias,
y, después de recibir la dádiva del gobierno de turno,
caer nuevamente en el olvido.

Tengo los ojos cansados de ver a nuestros gobernantes
Usufructuando el inmerecido título de “Señor” o de “Señora”
preocupados en su bienestar personal, en “la disciplina partidaria”,
en llenar sus bolsillos mientras duran sus mandatos,
y asegurar sus futuros a costa del sacrificio del pueblo.

Tengo los ojos cansados de ver a un país maravilloso como este,
hecho mierda por esos delincuentes que se amparan en el voto popular,
como si eso les diera el derecho de jugar con nosotros a la ruleta rusa,
como si fuéramos fichas descartables en el casino de la vida..

Tengo los ojos cansados y, lo que es peor…
me temo que ese cansancio
baje hasta el corazón.

Cristián